domingo, 18 de septiembre de 2016

LA MALDICIÓN


[…] Aún estaría seguramente entre nosotros de no haber sido por aquella desgracia que tiñó de luto a Castilla y se llevó lo mejor de sus Casas en una sola jornada. Con dieciocho años Bernardo, tal era su nombre, partió rumbo a su primera batalla y ya no regresó. Mi abuelo recogió su cuerpo cubierto de polvo y de sangre allá junto a Alarcos. Para el viejo guerrero era su última batalla. La experiencia acumulada en la lucha contra los moros le salvó la vida, pero gustoso la hubiera dado por la del hijo que yacía sobre el maltratado suelo castellano. Llevaba su nombre; era, entre todos, su heredero, su esperanza, su mayor orgullo. Todo había terminado aquel día de julio en el que pudo sentirse el calor del infierno bajo las brillantes armaduras. Al anochecer, sus sueños habían muerto también. El abuelo se vació; no le quedaba nada.

Tenía otros hijos, sí. El siguiente varón, Julián, se convirtió en el primogénito. Tenía apenas tres años más que Constanza, y ninguna de las cualidades que habían adornado a Bernardo. Julián era torpe para aprender, lento, y no parecía tener otras inquietudes que la caza, la cetrería y el buen vino. Tenía un noble fondo, sin embargo, y su temperamento colérico y violento ocultaba un corazón blando, fácil de conmover. Era, además, un buen cristiano; nunca olvidaba cumplir con sus devociones, pero ése era el único consuelo para la decepción que causaba a su padre el hecho de que él fuera ahora su sucesor. Y, sin embargo, así había de ser, pues era la voluntad del cielo.

Pero aún había otro hermano más, el benjamín de todos ellos, aquel al que mi madre más quería desde que lo viera nacer: Alfonso. Como era el menor, el abuelo lo tenía destinado a la Iglesia, decisión que se reafirmó en él al ver que, además, era el más inclinado al estudio y el que mejor provecho sacaba de ello. 

No era ésta, sin embargo, la vocación de Alfonso, que no lograba ocultar todo el resentimiento que le producía verse relegado por un hermano al que despreciaba como inferior. Envidiaba su destino. Julián no era ni la mitad de inteligente que él; no tenía su ingenio ni su destreza con las armas; no brillaba como él ni tenía su apostura. Sin embargo, iba a heredarlo todo, simplemente porque había nacido antes. Ése era su único mérito, y a él no le parecía justo que fuera suficiente. Alfonso quería ser soldado, soñaba con combatir contra los moros, con una vida de batallas y aventuras y no con la austeridad de un claustro. Anhelaba defender alguna de aquellas fortalezas que se erguían en la frontera castellana, impresionantes, dominadoras, controlando los caminos e imponiendo entre los sarracenos la ley de la Cristiandad, desafiantes en un territorio tan hostil como fascinador para el hombre. Sus inquietudes eran tantas que una vida entera no habría bastado para satisfacerlas, y los libros con los que se deleitaba no hacían más que espolear su afán por emular los hechos de tantos notables caballeros.

Mucho menos complacido se sentía aún con la idea del celibato de un fraile. Era muy dado al galanteo; parecía que estaba llamado a saltar eternamente de flor en flor. Sus avances galantes, todo hay que decirlo, siempre eran bien acogidos, e incluso alentados, pues era gallardo mozo y bien parecido. Su inclinación hacia esos efímeros amoríos desesperaba al abuelo, que no conseguía encauzarlo como hubiera querido. Veía con preocupación cómo aquella tendencia casaba poco con los planes que le tenía deparados, pero ello no hacía más que reforzar su convencimiento de que Alfonso se descarriaría gravemente si no se lo apartaba pronto de esos mundanos pasatiempos. El monasterio era, sin duda, lo mejor para él y su única posibilidad de salvación.

[…] Había, entre todas aquellas damiselas a las que dedicaba sus versos, una joven a la que, a su pesar, había rendido su corazón. Era esta dulce y gentil criatura, bella entre las bellas, Yolanda de Castro. Su hermana mayor, Aldonza, hallábase prometida a Julián por la época en la que Alfonso andaba en los diecisiete años. […] Quería el abuelo que la boda se celebrara cuanto antes, pero la frágil salud de Aldonza lo impedía y no hacía más que aplazarla. La demora hacía muy feliz a Alfonso, que la empleaba en disfrutar plenamente de todos los dones que la vida le ofrecía, pero muy especialmente del favor de Yolanda. Ambos se conocían desde niños y se habían profesado un tierno afecto, un sentimiento que con los años se convirtió en algo más profundo e inconveniente, pues no era un asunto llamado a tener buen final. La desdicha quiso que el sentimiento fuera mutuo y, por tanto, más difícil de contener, siendo así que no tardaron en convertirse en amantes.

[…] Aldonza no pudo recuperarse de su fragilidad y acabó sucumbiendo a unas malas fiebres que la encontraron debilitada. Entonces su padre, para evitar que se le escapara tan buen partido como era Julián, al fallecer su hija mayor ofreció a mis abuelos la mano de Yolanda.

La desesperación golpeó con fuerza a Alfonso el día en que sus padres le comunicaron la noticia, rebosantes de un júbilo que esperaban que él compartiera. Se heló por dentro. Los músculos de su rostro permanecían rígidos, paralizados, negándose a obedecer su voluntad cuando trató de sonreír. 

Él nunca hubiera sido tenido en cuenta por tan grandes señores como candidato a la mano de Yolanda. Nunca se hubieran conformado con un segundón como él, seguros como estaban de que la belleza de su hija podía aspirar al heredero de alguna de las grandes Casas. Puesto que la muerte se había llevado a Aldonza antes de ver cumplidas sus ambiciones, aún les quedaba la menor para ocupar el lugar de su hermana. Esto, incluso sabiendo de antemano que él jamás hubiese contado con la menor posibilidad, resultaba para Alfonso demasiado cruel, demasiado amargo. No podían pedirle que se resignara a contemplar cada día a Yolanda al lado de Julián, que nada había hecho por merecer esa gema, nada excepto ser el mayor.

Los dos jóvenes no renunciaron a su amor por ello. Continuaron encontrándose, tan secretamente como al principio, tomando toda clase de precauciones para no ser descubiertos. Comenzaron, en efecto, siendo prudentes, pero pronto la pasión derribó toda contención y los hizo osados. Cuando terminó el periodo de luto y pudo celebrarse la boda, Yolanda, como es natural, pasó a residir en Miravalles de la Adrada junto a su esposo, lo cual no hizo más que aumentar las ocasiones en las que Alfonso y ella podían estar juntos. […] El diablo se lo ponía muy fácil a ambos; demasiado fácil.

Julián no tardó en recelar. Desde el principio sorprendía miradas encendidas, cuchicheos, risas, esa extraña complicidad que a menudo le parecía que iba mucho más allá de lo fraternal y ese afán por buscar cada uno la compañía del otro, siempre esforzándose por encontrar pretextos para no acompañarlo a él. Yolanda resplandecía de otro modo cuando Alfonso estaba presente. Con él, en cambio, se mostraba fría y distante, de un modo tan distinto que verla luego disfrutar así en compañía de su hermano era como un hierro candente quemando dentro de su pecho. Y lo mismo sucedía cuando yacía con ella: Julián no era capaz de derribar la barrera de frialdad que ella alzaba entre ambos. A veces Yolanda ponía excusas para no compartir su lecho. Él sabía que eran pretextos ante un deber que no le agradaba cumplir, y comenzó a preguntarse si tal vez prefería acudir al de Alfonso. Angustiado por estas sospechas que se iban tornando en obsesión, pidió a su sirviente de confianza que estuviera alerta, que vigilara, que espiara sus movimientos cuando él no estaba y le dijera si se encontraban en secreto o cualquier otra cosa que pudiera resultar del interés de un esposo.

Un día en que Julián salió de cacería, el servidor hizo bien su trabajo y, espiando con todo sigilo, los sorprendió a los dos. Cuando el marido llegó, aún ignorante de todo, sudoroso y sediento, se dirigió a sus aposentos para refrescarse y cambiarse de ropa, y allí se hallaba cuando entró presto su hombre para comunicarle sin dilación ni delicadeza lo averiguado. Julián, fuera de sí ante el descarnado relato de su infortunio, al escuchar la confirmación de sus sospechas apenas se detuvo a volver a ceñir la espada de la que acababa de despojarse. Impulsivo como siempre había sido, no concedió ningún lugar a la prudencia y, enloquecido, corrió primero a denunciar ante su padre la deshonra de la que acababa de ser informado. Allí, entre grandes lamentos, anunció su intención de tomarse la justicia por su mano. Hubo gritos, juramentos, el llanto de la abuela tratando inútilmente de sosegar los ánimos, un esposo ultrajado que parte en busca de su hermano apretando la empuñadura de su acero hasta que sus nudillos quedaron blancos. Todo se aliaba para llamar a la muerte, que ya se presentía en el aire.

Alfonso había escuchado el revuelo y sabía para entonces a qué obedecía tanto alboroto como se había adueñado del castillo. Informado por los suyos, lo aguardaba en su alcoba, dispuesto para recibirlo. No albergaba la menor duda de que vendría a por él, y esperaba ansioso el momento. Hacía tiempo que deseaba esa confrontación, pero mucho más la anhelaba desde que Julián se había convertido en el esposo de Yolanda. Cada día que transcurría le resultaba más imposible de aceptar; cada fibra de su ser se rebelaba contra ese yugo que deseaba romper.

Ella, arrodillada en su reclinatorio, desgranaba las cuentas de un rosario con una piedad casi olvidada desde que se apartara del camino recto para seguir solamente el del amor. Alfonso le había mandado aviso para que se pusiera a salvo, pero Yolanda, pálida como la cera de los cirios que ardían a su lado, no podía moverse de allí. El miedo la paralizaba; las rodillas, clavadas en la madera, no la sostendrían si intentaba incorporarse. Sus labios murmuraban una plegaria; rogaba por la vida de su amante, pues, conociendo ese pronto violento de Julián, podía anticipar cuál sería su reacción. Tenía miedo, mucho miedo, mas no por ella. Si a él le ocurría algo, ya no le importaría su propia vida.

El marido, furioso, entró en la alcoba de su hermano y se abalanzó contra él. Le arrojó insultos y maldiciones a voz en grito mientras desenvainaba su espada. Alfonso detuvo el golpe con facilidad. Su hermano nunca había sido rival para él; combatía mucho mejor a pesar de su juventud, y Julián, más lento y perdida toda la serenidad, se comportaba con una torpeza que no permitía la menor oportunidad llegados a ese punto. El entrechocar de aceros no duró mucho tiempo. Alfonso, siempre más ágil, al cabo de unos cuantos movimientos clavó la hoja afilada de su espada en el vientre de Julián, que se desplomó con un último aliento de vida mientras sus manos parecían querer detener el flujo de sangre que brotaba a borbotones. Un chorro salió también de su boca en el instante en que la muerte vino a abrazarlo.

La abuela corría a través del oscuro corredor. Su esposo no había podido contenerla más. La llamaba, iba tras ella. ¡No entréis ahí, Juana! ¡Por amor de Dios, no entréis ahí!. La alcanzó en el momento en que llegaba a la puerta que abría para ella todos los horrores del infierno; la alcanzó en el momento en el que Julián se desplomaba sin vida, en el momento en que de la garganta de la abuela brotaba un alarido inhumano que era lo único capaz de expresar lo que sintió al contemplar tanto espanto.

Entre Bernardo y el propio Alfonso se llevaron el cuerpo de Julián. Era preciso tapar lo sucedido para impedir que la deshonra cayera para siempre sobre la familia. Había que ofrecer otra explicación, decir que Julián había fallecido a consecuencia de un accidente. Nadie debía saber jamás qué era lo que había ocurrido allí. 

Doña Juana, enajenada, tuvo que encargarse de limpiar la sangre hasta borrar toda huella del crimen que había tenido lugar en aquella alcoba. Luego se retiró a la suya. Iba aún manchada con la sangre de su hijo. Estaba por todas partes: en sus manos, en su ropa, salpicando su rostro… Su mente hacía que la viera dondequiera que sus ojos se volvieran: en las paredes, en los muebles, en los tapices, extendiéndose cada vez más. Se acercó al aguamanil, derramó agua en la palangana y comenzó a lavarse las manos. El agua se teñía de rojo, pero le parecía que la sangre no se iba de entre sus dedos. Frotaba y frotaba las manos con vigor. Desesperada, se despojó de aquellas ropas manchadas y las arrojó al fuego. Mas no se libraba de la sangre de su hijo, de la sangre de Julián, derramada por Alfonso. Brotaba de las paredes, arroyaba por el suelo, lo teñía todo de rojo. Gritó. Gritó hasta enronquecer, hasta que dejó de ver cuanto la rodeaba. Varias personas la sujetaban, la llevaban hasta el lecho, la obligaban a mantenerse quieta en él, pero no podían hacerlo, porque la sangre la ahogaba. La ataron. A partir de esa noche la ataban con frecuencia. Eso sucedía cuando la sangre regresaba murmurando palabras que no quería escuchar. Me mató… mató-mató-mató… Mi hermano me mató… mató… mató… derramó… El eco continuaba reproduciendo esos sonidos espantosos, venía a reclamarle, a reprocharle que hubiera tratado de limpiarla, que hubiera tratado de ocultar el crimen de Alfonso. Se tapaba los oídos, pero no dejaba de escucharlos; gritaba para acallarlos, aullaba como una loba herida, eran unos alaridos desgarradores que traspasaban los muros del castillo y aterraban a sus moradores, y entonces regresaban y volvían a atarla. A veces comenzaba como un suave goteo que caía del techo, lentamente, gota a gota, pero cuando comenzaba sabía que ya no se detendría, que pronto comenzaría a susurrarle, y que brotaría de nuevo salpicándola, empapándola, ahogándola…


(Fragmento de “La leyenda del enmascarado”) 


El jueves 22 a las 19:30 presentaré “La leyenda del enmascarado" en Madrid en compañía de los escritores Francisco Legaz y Miguel Ángel de Rus. Librería Burma, calle Ave María, 18, barrio de Lavapiés.



jueves, 15 de septiembre de 2016

LA LEYENDA EN MADRID, JUEVES 22


El próximo jueves, 22 de septiembre a las 19:30 presentaré en Madrid “La leyenda del enmascarado” junto con los escritores Francisco Legaz y Miguel Ángel de Rus. Os esperamos en la librería Burma, calle Ave María, 18, barrio de Lavapiés.

Pido disculpas por mi prolongada ausencia en este espacio, pero las múltiples actividades relacionadas con la publicación de la obra apenas me han dejado tiempo para otra cosa. Nunca hubiera imaginado que la mayor parte del trabajo de escribir un libro podía venir después de publicarlo. En los últimos tres meses se ha hecho preciso compaginar mis obligaciones familiares y de todo tipo con cinco viajes, tres ferias y seis presentaciones; acudir a tres estudios de radio, uno de grabación y responder a dos entrevistas en prensa. Mientras tanto escribía un nuevo relato de próxima publicación, aceptaba la invitación de Fent Història para colaborar con un artículo en el último número de su revista e intentaba centrarme en un nuevo proyecto más ambicioso. Todo ello me priva del tiempo necesario para actualizar mis blogs con la frecuencia de antaño, aunque me resisto a abandonarlos. Aquí comenzó todo, y aquí quiero permanecer mientras pueda.

Mi artículo sobre la legitimidad de Luis XIV en la revista catalana Fent Història

Muchas gracias por vuestra comprensión y hasta pronto. A los de Madrid, espero veros al fin en persona.

Presentando "La leyenda del enmascarado" en la feria del libro de Burela, en compañía de Miguel Ángel de Rus y Salvador Robles Miras.


viernes, 19 de agosto de 2016

"La leyenda del enmascarado" estará en la feria del libro de Burela


El sábado 27 a las 18h presentaré mi novela "La leyenda del enmascarado" en la Feria del Libro de Burela, Lugo, en un evento conducido por Miguel Ángel de Rus y en el que contaré con la grata compañía de Salvador Robles, que también presentará su obra. 


Firmaré ejemplares el sábado 27 y domingo 28. 


¡Galicia, allá vamos y con muchas ganas!


sábado, 13 de agosto de 2016

Termina la guerra, comienza la Fronda


La Rochefoucauld poseía cualidades suficientes para resultar del agrado de Madame de Longueville: era apuesto, inteligente y refinado; sus modales eran exquisitos, y su lealtad a la reina lo revestía con un halo de caballerosidad que por fuerza había de llamar poderosamente la atención de una dama que se había criado en el ambiente que se respiraba en el salón de la marquesa de Rambouillet. Él era, además, un galán experto, con todas las bazas posibles para ganar su corazón. No le costó demasiado. Y, una vez logrado su propósito, la tarea de moldear también su mente resultaría más fácil. En palabras de Victor Cousin, La Rochefoucauld “transformó su natural coquetería en ambición política, o, mejor dicho, le inspiró su propia ambición”.

Madame de Longueville se entregó por entero. Sacrificó su propia reputación, que hasta entonces tanto había estimado, y postergó sus propios intereses y los de su familia, incluso los de su querido hermano. Como observa Madame de Motteville, “en todo lo que ha hecho desde entonces se puede ver claramente que no es solo ambición lo que llena su espíritu, sino que los intereses del príncipe de Marcillac ocupaban mucho espacio. Por él, se volvió ambiciosa; por él, dejó de apreciar la tranquilidad y, absorbida por sus sentimientos, olvidó su buen nombre”.

El 20 de agosto de 1648 llegaba para su hermano Condé la victoria de Lens sobre las tropas españolas, mandadas por el archiduque Leopoldo. En octubre se firmaba la paz de Westfalia, que ponía fin a la Guerra de los Treinta Años. Entre otras concesiones, Francia recibía Alsacia, ampliando así sus fronteras, y se reconocía su absoluta soberanía sobre los tres obispados de Metz, Toul y Verdun, que llevaba ejerciendo de facto por derecho de conquista desde hacía casi un siglo. Además la famosa fortaleza italiana de Pignerol, que tantos capítulos nos ha ocupado, pasaba también a sus manos.

Las consecuencias fortalecían al gobierno de Mazarino en su lucha contra el Parlamento. El futuro sonreía al reino y el cardenal se las prometía muy felices. 

No contaba con la Fronda.


sábado, 30 de julio de 2016

Un príncipe calculador


En 1639 François de La Rochefoucauld, príncipe de Marcillac, obtuvo permiso para reunirse con el ejército en Holanda, donde demostró tal valor que Richelieu le ofreció el rango de mariscal de campo, pero él lo rechazó a petición de la reina, que no deseaba que su campeón aceptara ningún favor de su enemigo,

De regreso en Poitou, fue tanteado por Cinq-Mars para sumarse a la conjura contra el cardenal, pero La Rochefoucauld tuvo la sensatez de rechazar cualquier implicación.

En 1642 moría Richelieu, y meses después el rey le seguía a la tumba. Para La Rochefoucauld habían terminado aquellos años en los que había sido un joven romántico, caballeroso, desinteresado e imprudente, aquel que había osado desafiar al poderoso cardenal y despertado su ira. Ahora se había convertido en un hombre ambicioso e intrigante que perseguía sus propios fines a costa de lo que fuera. Con Ana de Austria como regente, cabía esperar que quienes le habían permanecido leales en la adversidad, como había sido su caso, recibieran su recompensa. Pero le aguardaba la desilusión: Ana fue pródiga en promesas, asegurándole que no había nada en el reino que fuera lo bastante grande para premiar los sacrificios que había hecho por ella; sin embargo, ahí terminó su gratitud.

Luis XIII

La Rochefoucauld, buscando una aliada, alentó a la reina a llamar a su lado a Madame de Chevreuse, a quien Luis XIII, en su lecho de muerte, había desterrado a perpetuidad. Pensaba que de ese modo le sería más fácil alcanzar cualquier favor que demandara. Aunque la duquesa de Chevreuse ya no le era tan útil a Ana de Austria ahora que tenía la regencia. Su vieja amiga pidió para él el gobierno de El Havre, entonces en poder de la duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu; pero Mazarino, siempre firme en la defensa de la familia de su benefactor, protestó contra el expolio, haciendo ver a la reina que se trataba de un acto que ofendería a los Condé, emparentados por matrimonio con el difunto cardenal. Por tanto, la reina decidió denegar la petición.

La Rochefoucauld permaneció aún leal a la persona de la reina, pero no estrictamente al gobierno de Mazarino, lo que le llevó a prestar cierto apoyo al partido de los Importantes. Nada, en todo caso, de una relevancia que pudiera causar su caída en desgracia.

Al cabo de dos años, cansado de una vida de cortesano, solicitó el mando de la caballería ligera que quedaba vacante por la muerte del mariscal de Gassion, pero también esto le fue denegado. Y no faltaban razones, porque, a pesar de su valentía, sobradamente demostrada, no tenía demasiadas capacidades militares. 

Ana de Austria

Desesperado al ver siempre frustradas sus aspiraciones después de su prolongada fidelidad a la reina, decidió pasar a la oposición. Y en ese estado de ánimo se encontraba cuando Madame de Longueville regresaba a París y se convertía, gracias a las victorias de su hermano, en objeto de adulación por parte de toda la corte, más incluso de lo que ya lo había sido al partir hacia Westfalia. La Rochefoucauld calculó pronto lo mucho que tenerla de su parte podría ayudar en la consecución de sus objetivos y ambiciones, porque a través de ella obtendría el apoyo de los Condé. Sin dejarse desanimar por el poco éxito alcanzado por los anteriores pretendientes de la bella, se dedicó a la tarea de vencer sus resistencias con una habilidad y determinación dignas de ser dedicadas a mejor causa. Él mismo nos lo cuenta así:

“La belleza de Madame de Longueville, su inteligencia y todos los encantos de su persona, atraían a todos aquellos que alentaban la esperanza de ser tolerados por ella. Muchos hombres y mujeres de alto rango se esmeraban por complacerla; y, aparte de las atracciones de esta clase en la corte, Madame de Longueville estaba en aquel tiempo tan en buenos términos con toda su Casa, y era tan tiernamente amada por su hermano, el duque de Enghien, que quien recibiera la aprobación de la hermana podía contar con la estima y la amistad de aquel príncipe. Muchas personas intentaron en vano este camino, y mezclaban otros sentimientos con la mera ambición. Miossens, que después se convirtió en mariscal de Francia, fue el que más perseveró... Yo era uno de sus amigos, y él me mantenía informado de sus intenciones. Estas se desvanecieron pronto. Se dio cuenta, y me dijo que estaba dispuesto a renunciar. Pero la vanidad, que era su pasión más fuerte, a menudo le impedía contarme la verdad, y fingía esperanzas que en realidad no tenía, y que yo sabía que no podía tener. De este modo pasó algún tiempo, y por fin tuve razones para creer que yo podría hacer mejor uso que Miossens de la amistad y la confianza de Madame de Longueville… Le expliqué a él mi punto de vista, pero añadí que la consideración hacia él siempre me refrenaría, y que nunca intentaría establecer relaciones íntimas con Madame de Longueville a menos que él me dejara en libertad de hacerlo. Confieso que lo indispuse con ella intencionadamente, a fin de asegurármela para mí, aunque sin decirle nunca nada que no fuera cierto…”



lunes, 18 de julio de 2016

¡Hasta agosto!


Muchas gracias a Pilar, lectora apasionada de “La leyenda del enmascarado”, que se desplazó desde Avilés para asistir a la presentación en la Semana Negra y ha enviado a mi correo unas bonitas imágenes como esta, tuneadas por ella misma con mucho cariño.

Queridos cortesanos, necesito unas vacaciones después de tanto trajín, así que me despido hasta el mes de agosto.

Mil gracias a los que acudisteis a los eventos. Presenté La leyenda del enmascarado y participé con Lourdes Ortiz, Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido en una mesa redonda sobre la mujer en la novela negra y de género. M.A.R. flipaba al ver que llenamos a rebosar la carpa a pesar de que en la vecina estaba el gran Luis Eduardo Aute. Pero es que cuando nosotros convocamos gente, la convocamos, y no hay Aute que valga.


Me voy con un subidón que me va a durar hasta que vuelva.

¡Hasta agosto!

miércoles, 6 de julio de 2016

El caballo de Sejano


El exilio de La Rochefoucauld fue la causa de su relación con la intrigante duquesa de Chevreuse, una de las mujeres que más influyeron en su vida. La duquesa se encontraba en Turena, desterrada por Richelieu, y allí fue donde ambos se conocieron, para desdicha de él, pues la dama resultaba tan peligrosa para sus amantes como para sus enemigos. La Houssaye la compara con el caballo de Sejano, cuyos amos encontraban siempre un mal final.

Madame de Chevreuse mantenía por entonces una correspondencia secreta con Ana de Austria, el duque de Lorena, la reina de Inglaterra y el rey de España, y La Rochefoucauld se vio comprometido al confiarle su dama el envío de varias de estas misivas. Los espías de Richelieu, siempre alertas, no tardaron en poner en conocimiento del cardenal lo que estaba sucediendo. A consecuencia de ello Ana de Austria fue acusada de traicionar a Francia aliándose con sus enemigos. Nunca se había visto la reina en situación más delicada, pues parecía a punto de ser repudiada e incluso encarcelada. Antes de que se cumpliera el fatídico destino, Ana propuso a La Rochefoucauld que las raptara a ella y a Mademoiselle de Hautefort para conducirlas hasta Bruselas, donde estarían a salvo.

“Yo era joven, y a una edad en la que se quiere hacer algo extraordinario y brillante, no se me ocurría nada mejor que librar a la reina de su esposo, y del cardenal Richelieu, que estaba celoso de ella, y al mismo tiempo a Mademoiselle de Hautefort del rey, que estaba enamorado de ella.”

Los planes no se llevaron a cabo, y finalmente la reina se sometió. Pero La Rochefoucauld no iba a tardar en volver a encontrar problemas al ayudar a fugarse a Madame de Chevreuse, quien, disfrazada de hombre, emprendía la huida hacia España. Su enamorado era enviado a la Bastilla, pero gracias a su padre, que en esos momentos se encontraba en muy buenos términos con el cardenal, fue puesto en libertad al cabo de una semana. Sin embargo, sufrió un nuevo destierro, y no podría regresar a la corte hasta la muerte de Richelieu.


VIERNES, 15 DE JULIO, A LAS 20:15h, PRESENTACIÓN DE "LA LEYENDA DEL ENMASCARADO" EN LA SEMANA NEGRA DE GIJÓN, EL MAYOR FESTIVAL LITERARIO INTERNACIONAL AL AIRE LIBRE DE EUROPA. CON LAS AUTORAS TERESA GALEOTE Y MARTA GÓMEZ GARRIDO, Y CONDUCIENDO EL ACTO LOURDES ORTIZ. CARPA 3.


Muchas gracias a dlt por su magnífica reseña en su página "desdelaterraza". No se puede explicar mejor ese choque entre dos mundos ni escribir mejor una crítica que, además, agradezco que sea tan positiva.

http://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com.es/2016/07/la-leyenda-del-enmascarado-entre-la.html


martes, 21 de junio de 2016

Gracias, Valencia, Valladolid y Avilés

Presentando "La leyenda del enmascarado" en Valencia en compañía de la escritora Raquel Campos, con la sala a rebosar. Fue momento de encuentro con viejos amigos blogueros. Allí estaba "Arena", que me regaló una rosa; y también Wendy Tink, fundadora de nuestro club de los pololos; la escritora Isabel Barceló, nuestro querido Dlt, del blog "Desdelaterraza" y muchos de nuestros seguidores valencianos. Estuvo todo aquel que pudo estar, y os doy mil veces gracias.

Con la escritora Isabel Barceló antes de comenzar la presentación


Firmando ejemplares de la novela y también de La Corte del Diablo, que habían traído consigo.

Y en la Feria del Libro de Valladolid, más momentos estupendos. La escritora Fátima Díez vino desde Bilbao con La Corte del Diablo para que se la firmara también.


Firmando ejemplares

Saludando al director de El Diario El Norte de Castilla, Carlos Aganzo.

Y en Avilés, presentando en un hermoso palacio del siglo XIV junto a la concejala de cultura, Yolanda Alonso.  Contra todo pronóstico, fue récord de ventas, superando incluso al de mi ciudad natal.



Tras unos días de vacaciones, retomaremos la historia de nuestra corte.

Muchas gracias y hasta pronto.