domingo, 10 de diciembre de 2017

LA PALOMA - ALEJANDRO DUMAS


Hace solo unos días que apareció publicada en papel La Paloma, gracias al esfuerzo de la Sociedad de Amigos de Alejandro Dumas. Se trata de una obra que el gran Dumas escribió en 1851 y reeditó dos años después en su periódico Le Monte-Cristo. La Paloma es una de las dos novelas en las que el autor se interesa por el conde de Moret, de cuya historia nos hemos ocupado en este blog durante algunas semanas, de agosto a octubre. Los lectores que nos han seguido tal vez recuerden que Antonio de Borbón, conde de Moret, era hijo natural del rey Enrique IV y, tras lanzarse a la rebelión contra el cardenal Richelieu, desapareció misteriosamente en la batalla de Castelnaudary. Oficialmente se le dio por muerto, pero fueron muchos los rumores acerca de que había sobrevivido tras recuperarse de sus heridas en una abadía. Decían que había huido para eludir la condena que su hermanastro, Luis XIII, le tenía deparada. Para alimentar la leyenda, muchos años después aparecía en Anjou un extraño ermitaño que guardaba un asombroso parecido con Moret. 

Nada mejor que estas circunstancias para alentar la imaginación de los novelistas e inspirar una historia que es seguramente una de las más románticas salidas de la pluma de Alejandro Dumas. La Paloma ofrece la peculiaridad de estar escrita enteramente en estilo epistolar. La protagonista, Isabel de Lautrec, había sido la prometida del conde de Moret y, desolada por su pérdida, renuncia al mundo y se retira a un convento. Cuatro años después de la batalla envía desde allí una carta por medio de una paloma mensajera, y esta regresa con una respuesta de un misterioso joven con el que inicia así correspondencia. Isabel no sabe quién es ni dónde se encuentra, pero entre ambos nace un amor imposible, una relación en la que la paloma es esencial, por ser lo único que les permite mantener ese contacto.


Esta edición cuenta con un prólogo del doctor Manuel Galguera, especialista en Alejandro Dumas cuyo interés por el conde de Moret suscitó el mío y me impulsó a estudiar el personaje y su leyenda. Quienes amamos a Dumas agradecemos profundamente al doctor Galguera su labor y su dedicación al acercarnos sus obras y facilitar que puedan ser leídas en castellano. Así ha ocurrido también con la otra novela dedicada al Conde de Moret, que se publicó inicialmente con el título de La esfinge Roja y que nunca había sido traducida hasta que en 2014 la Sociedad de Amigos de Alejandro Dumas se ocupó de ello.

Pueden encontrar La Paloma en Amazon, y, si me permiten la sugerencia, creo que podría ser una idea para regalar estas Navidades.


martes, 10 de octubre de 2017

Moret y Beaufort: destinos paralelos


Sobre el duque de Beaufort, uno de los candidatos más legendarios para ser el Hombre de la Máscara de Hierro, planea un misterio parecido al que envuelve al conde de Moret. El duque no solo aparece en algunas novelas de Alejandro Dumas, sino también en Secreto de Estado, de Juliette Benzoni.

Beaufort, nacido el 16 de enero de 1616, era hijo del duque de Vendôme, que Enrique IV había tenido de su relación con Gabriela d’Estrées. Fue un hombre muy popular entre el pueblo de París, lo que le valió el sobrenombre de “le roi des Halles”. Siguió la carrera de las armas desde muy joven y siempre se distinguió por su valor. 

Hacia comienzos de 1669, Beaufort recibió del ministro Colbert la orden de sostener Candía, asediada por los turcos. Siete días después de su llegada, el 26 de junio, hizo una salida y no regresó. Supuestamente murió durante el transcurso de esa expedición, y su cabeza fue paseada por las calles de Estambul en la punta de una lanza otomana.

Sin embargo, hay un misterio en torno a su muerte. Existe la posibilidad de que aquella cabeza no fuera en realidad la suya, porque lo cierto es que jamás se halló su cuerpo después del combate. Navailles, otro de los oficiales al mando de la escuadra francesa, dice simplemente en la página 243, libro IV de sus memorias que “el duque de Beaufort se encontró por el camino con el grueso del ejército turco que presionaba a parte de nuestras tropas; se puso al frente de ellas y combatió con mucho valor, pero fue abandonado y nunca más se supo que fue de él.”


Según una hipótesis, habría sido secuestrado por agentes de su primo Luis XIV. El motivo parece estar inspirado en la debilidad que Ana de Austria sentía por Beaufort, quince años más joven que ella. De acuerdo con esta versión, en realidad Luis XIV no era hijo del rey, que hacía largos años que había renunciado a mantener relaciones con su esposa, sino del duque de Beaufort. Ana de Austria, antes de morir en enero de 1666, le habría confesado a Luis que Beaufort era su verdadero padre, y por temor a que un día el secreto que lo convertía en ilegítimo se hiciese público, el rey lo habría hecho desaparecer durante el sitio de Candia para encerrarlo en Pignerol oculto bajo una máscara. 

Naturalmente esta historia no tiene más fundamento que cuantas se urdieron en torno al conde de Moret, pero las coincidencias de ambas enigmáticas desapariciones, junto con el estrecho parentesco entre ambos, no deja de ser llamativa.

Recientemente, gracias a la Sociedad de Amigos de Alejandro Dumas, La Esfinge Roja se ha traducido por primera vez al castellano, motivo por el que el tema se reabre y vuelve a cobrar actualidad. La obra traducida, con el título de El conde de Moret, se publicó en 2014 con prólogo del doctor Manuel Galguera, especialista en Alejandro Dumas y “culpable” de haberme animado a emprender esta serie. Tal vez el impulso dado con la publicación de la novela conduzca a nuevas investigaciones que terminen por despejar alguna de las incógnitas. 


¿Averiguaremos alguna vez qué fue del hijo y del nieto de Enrique IV?


domingo, 8 de octubre de 2017

La Esfinge Roja



Parece ser que nadie se preocupó de averiguar si el ermitaño de Anjou tenía en su cuerpo las cicatrices de las heridas recibidas por el conde de Moret, lo cual hubiera podido descartar que se tratara de la misma persona o, por el contrario, ser un argumento de más peso para identificarlo. En cualquier caso, era mucha la gente convencida de que el ermitaño y Antonio eran la misma persona. Esta página de un libro publicado en 1744 se refiere a él. Traduzco la mención:

“Es una bebida inventada y perfeccionada por el conde de Moret, hijo de Enrique IV, cuya historia acabo de leer. Ese príncipe al que se creía muerto en la batalla de Castelnaudary, pasó el resto de su vida, que fue muy larga, en un retiro donde vivía santamente con otros anacoretas. Siempre gozó de la más perfecta salud, con ayuda del trabajo de sus manos y de esta bebida.”

Poco antes de morir el ermitaño, un religioso le pidió que le revelara la verdad, asegurándole que no descubriría su secreto hasta después de su muerte. Juan Bautista respondió:

—Hace más de cuarenta años que me esfuerzo por ocultarme y vos queréis hacerme perder en un cuarto de hora el trabajo de tanto tiempo.

El hermano Juan Bautista murió en su ermita de Gardelles a los 85 años, sin haber revelado sus orígenes, y fue enterrado en la capilla que había construido. En septiembre de 1738 su cuerpo fue trasladado al coro de la iglesia de Coudray-Macouard, donde aún se encuentra.

Hay un retrato que lo representa con los hábitos de la Orden de los benedictinos, por encargo de la abadía a la ciudad de Caen. El lienzo no está firmado.

Pocos años después de su muerte el padre Guichard escribió su historia, en una obra que tituló Vida de un anacoreta desconocido.


El misterio en torno a la muerte del conde de Moret resultó tan atractivo para los novelistas que se convirtió en protagonista de algunas obras sin aparente fundamento histórico. Alejandro Dumas halló en Antonio un tema para dos de sus novelas: El conde de Moret y La Paloma. La primera no se publicó hasta 1948, dos años después de ser descubierta en una buhardilla de París. Llevó entonces por título La esfinge roja. Según el argumento, ante una supuesta impotencia de Luis XIII, una cábala de la corte favoreció un encuentro de Ana de Austria y Moret, a consecuencia del cual nació el heredero del trono. 

En 1866 el austriaco Arthur Storch también escribió la novela El conde de Moret.

Pero resulta curioso que planee un misterio parecido sobre un nieto de Enrique IV que también fue tema de inspiración para los novelistas…


jueves, 5 de octubre de 2017

El ermitaño de Anjou


Había en Anjou un ermitaño que guardaba un asombroso parecido con Enrique IV. Decían que se trataba del conde de Moret, que había sobrevivido a la batalla de Castelnaudary y, tras curarse de sus heridas, pasó secretamente a Italia, recorrió varios países de incógnito y durante mucho tiempo se refugió en el extranjero hasta que decidió retirarse del mundo. De ese modo habría llegado, bajo el nombre supuesto de Juan Bautista, cerca de Saumur, donde construiría una ermita en los terrenos de la abadía de Asnières con ayuda de otros dos religiosos. El hombre, de acento bearnés, siempre ocultaba sus orígenes, pero admitía haber combatido en Castelnaudary y parecía estar familiarizado con el castillo de Pau, del que le gustaba hablar.

La capilla fue bendecida por el obispo de Angers el 8 de junio de 1680. En aquel lugar vivía Juan Bautista muy humildemente de las provisiones y el pan que le ofrecían los habitantes de la región, pero rechazaba la mendicidad y prefería obtener el alimento a cambio de su propio trabajo. Por ello fabricaba pequeños objetos de lana y cestos de mimbre. No quería que se pagaran las misas dichas ni por los pobres ni por los ricos. Un día rechazó el dinero que le ofrecía una mujer para que rezara por ella. El ermitaño le respondió:

—Rogaré por vos, pero no vendo mis plegarias.

Sin embargo, en torno a esta historia hay algunas imprecisiones. Por ejemplo, se dice que iba con frecuencia a la abadía de Fontevrault, de la que era abadesa Juana de Borbón, hija natural de Enrique IV y Charlotte des Essarts, nacida unos meses después que el conde de Moret. Cuentan que mantenía largas entrevistas con ella, lo cual, para ser posible, significa que Juan Bautista tuvo que llegar al lugar antes de 1670, año de la muerte de la abadesa. Como dato curioso digno de formar parte del enigma, por alguna extraña coincidencia el nombre completo de la hija del rey era Juana Bautista.


Cuentan, también, que en una ocasión Luis XIV ordenó una investigación para averiguar su verdadera identidad. El marqués de Chabannes, secretario de Estado, envió al abad de Asnières, y al preguntarle si era realmente el hijo de Enrique IV, el ermitaño respondió:

—Ni lo niego, ni lo afirmo; todo lo que pido es que me dejéis en paz.

El rey se conformó con la respuesta:

—Es un hombre de bien —dijo—. Si quiere permanecer en el anonimato, hay que dejarlo tranquilo y no oponerse a sus deseos.

Pero un oficial, Granval, había conocido en la corte al conde de Moret y le juró al abad que lo reconocía en aquel hombre. En otra ocasión, al preguntarle un obispo, Juan Bautista replicó lo siguiente:

—Monseñor, si vos me lo ordenáis, os diré quién soy. Obedeceré, pero no volveréis a verme; abandonaré inmediatamente el país.


martes, 3 de octubre de 2017

El misterio del conde de Moret


Montmorency fue encarcelado en Toulouse, donde fue juzgado, condenado a muerte y decapitado el 30 de octubre de 1632. Esto dio pie a la teoría de que en realidad el conde de Moret no había muerto mientras era trasladado a la abadía de Prouille a consecuencia de la gravedad de las heridas recibidas en la batalla de Castelnaudary, sino que, al verlo todo perdido, había emprendido la huida. Se dijo, también que había cruzado el río por un puente en compañía de otros caballeros, y que, consciente de que haberse sumado a la rebelión le costaría la cabeza igual que a Montmorency, decidió ocultarse para siempre. 

Es altamente improbable, por no decir imposible, que el rey hubiera permitido que la sangre de su hermano se derramara sobre el cadalso. Seguramente no le habría sido aplicada la pena capital, pero sí la de prisión, y tal vez de por vida, un destino que, lógicamente, desearía evitar.

Pero encontramos un dato muy revelador: la abadesa de Prouille, hermana del duque de Ventadour, perdió su cargo por orden de Richelieu, y según se narra en la “Vida del duque de Montmorency”, escrita por el cónsul de Lodêve, el motivo fue haber dado asilo al conde de Moret. Eso supondría que el conde había llegado con vida hasta ese lugar, pues no era delito recibir un cadáver. Resulta incluso dudoso que hubiera sido castigada de modo tan severo por recibir piadosamente a un moribundo, pero se explicaría fácilmente si, en cambio, lo hubiera ocultado y facilitado posteriormente la huida. 


Si Antonio falleció poco después de llegar, lo más probable es que fuera enterrado allí, pero lo desconcertante es que no consta en ninguna parte el lugar en el que reposa. Sería extraño que no hubiera sido inhumado con toda pompa y honor debido a su rango, teniendo en cuenta que se trataba de un hijo legitimado de Enrique IV, y por tanto hermanastro del soberano reinante. Eso ha hecho creer a muchos que en realidad se ocultó en la abadía, donde fue atendido hasta que se recuperó de sus heridas, y luego huyó para no ser capturado. Pero, para no intentar no comprometer a la abadesa y para que no lo buscaran, sus amigos hicieron creer que había muerto en el carruaje durante el traslado. El cardenal Richelieu, que empleaba tantos espías a su servicio, sin duda acabó por recibir información que le hizo sospechar que el conde había escapado a su venganza y se revolvió contra la abadesa, pero ella nunca reveló el secreto.

Decían que Escipión Dupleix, su antiguo preceptor, escribió que el conde no había muerto en la batalla, sino que se salvó y se hizo fraile capuchino, aunque lo cierto es que tampoco se ha encontrado dónde dejó escrita dicha revelación. 

Sin embargo, cosa curiosa, casi cincuenta años después de la batalla se identificó como el conde de Moret a un curioso personaje del que hablaremos el próximo día.


domingo, 1 de octubre de 2017

La batalla de Castelnaudary


Ansioso de lograr la gloria militar, el conde de Moret volvió a lanzarse a la revuelta cuando Montmorency sublevó el Languedoc. Todo desembocó en la batalla de Castelnaudary el 1 de septiembre 1632. Los rebeldes se enfrentaron a las tropas del rey, comandadas por Schomberg y La Force. Ambos ejércitos habían elegido su emplazamiento y Gastón observaba desde una pequeña colina. Moret estaba al mando de 500 polacos. El combate fue apenas una simple escaramuza de la vanguardia, una especie de duelo entre los jefes de ambos partidos, que avanzaron sin asegurar la retaguardia. Él y Montmorency, impacientes, no esperaron la señal convenida para el comienzo de las hostilidades y se lanzaron imprudentemente al ataque. Montmorency recibió 17 heridas antes de ser hecho prisionero, pero Antonio no corrió la misma suerte: resultó herido de un primer disparo en la espalda y un segundo, que resultó fatal, en el vientre. Poco después moría en el carruaje de Gastón tras recibir confesión, mientras era conducido a la abadía de Prouille, a unos veinte kilómetros al sur. El grueso del ejército rebelde, al ver caer a sus jefes, abandonó el campo de batalla sin apenas combatir.

Según el relato de la jornada que hace Petitot, “el conde de Moret tenía su puesto a la izquierda, y monsieur de Montmorency a la derecha; pero la orden era no lanzarse al ataque hasta que se hubieran reunido toda la infantería y la artillería […] Sucedió que el conde de Moret, que ansiaba adquirir honor con sus primeros hechos de armas, al ver una compañía de caballería próxima a él, no se resistió a atacarla y disparó su pistola. El capitán, que se llamaba Bideran, lo aguardaba a pie firme y le disparó con la suya en el vientre, a consecuencia de lo cual murió dos horas después”.


Pero su cuerpo nunca fue encontrado, ni tampoco el menor rastro de su tumba, lo que dio lugar a toda clase de leyendas. 

Sus padres regresaron a Francia a finales de 1634 y consiguieron recuperar el dominio de Moret, pero no el cuerpo de Antonio. ¿Cómo es posible que ningún pariente, ningún amigo, intentara hallar su sepultura para erigirle un monumento funerario o poner al menos una simple inscripción?

El próximo día repasaremos el misterio.


jueves, 28 de septiembre de 2017

Gastón de Francia y Margarita de Lorena

Margarita de Lorena

Gastón atrajo a su causa a Enrique de Montmorency, gobernador del Languedoc, y a Carlos de Lorena, con cuya hermana se casó en una ceremonia secreta en Nancy sin el permiso de Luis XIII. El conde de Moret fue testigo de esa boda, celebrada en la noche del 2 al 3 de enero de 1632.

En julio de 1629, Margarita de Lorena había sido presentada a Gastón de Francia, quien por entonces, al no tener el rey descendencia, era el heredero de la corona. Él llevaba dos años viudo de María de Montpensier, madre de la Gran Mademoiselle. Gastón había abandonado el reino con todo su séquito tras uno de sus desacuerdos con la política de su hermano y de Richelieu, y encontró asilo en tierras del duque de Lorena. Quedó deslumbrado por la joven Margarita, hermana del duque, a la que durante los seis meses que permaneció en aquellas tierras llamaba “el ángel” y dio constantes muestras de admiración.

El 30 de enero de 1630, tras obtener el perdón del rey, regresaba Gastón a Francia, pero meses más tarde volvía a caer en desgracia tras el llamado Día de los Engañados. Eso lo impulsó a buscar de nuevo refugio en Lorena, y para fortalecer sus relaciones con el duque pidió la mano de su hermana.


Era imposible que ese matrimonio fuera autorizado por Luis XIII, puesto que en aquel tiempo Francia y Lorena eran enemigos. Por tanto, hubo de permanecer secreto, y ella no podía aparecer por la corte. Pero Enrique de Montmorency traicionaría a Gastón meses después, revelándolo todo. El rey hizo que el Parlamento de París declarara nulo el matrimonio, argumentando que un príncipe de la sangre, y en especial si era el heredero del trono, solo podía casarse con el permiso del soberano. Gastón tendría que esperar más de 10 años para regularizar su situación. Por fin, cuando Luis estaba en su lecho de muerte, autorizó el matrimonio y se celebró una nueva y definitiva boda en julio de 1643. Ambos pudieron aparecer ya en la corte y residir en el palacio del Luxemburgo, heredado de María de Médicis, que había fallecido el año anterior.

Desde 1631 el rey había declarado que todos aquellos que por sus malos consejos hubieran animado a su hermano a rebelarse eran culpables del crimen de lesa majestad, y por tanto sus bienes serían confiscados. Eso incluía a Antonio de Borbón, y también a su madre y su padrastro, el marqués de Vardes. Su aventura le había valido la pérdida del condado de Moret en octubre de ese año.


martes, 26 de septiembre de 2017

El día de los engañados

Richelieu

El 10 de noviembre de 1630 tuvo lugar un episodio que hizo que la fecha pasara a la historia como “el Día de los Engañados” (La Journée des dupes). 

El cardenal Richelieu pretendía aliarse con los protestantes alemanes y contra los Habsgurgo católicos, lo cual causaba el disgusto de la reina madre, María de Médicis. Hacía tiempo que la italiana veía con preocupación la enorme influencia que el ministro ejercía sobre el rey, y esta pretensión supuso la gota que colmaba el vaso. 

Junto a ella se situaba su hijo Gastón y buena parte de los nobles, entre los que se encontraba el conde de Moret. Los descontentos reunían en el palacio del Luxemburgo, dispuestos a oponerse a la política de Richelieu. Este partido intentó convencer a Luis XIII para hacer el juego de alianzas inverso al que proponía el cardenal, y en septiembre, aprovechando la circunstancia de que el rey se encontraba gravemente enfermo, Gastón y su madre le habían arrancado la promesa de destituir a Richelieu. 

Al dirigirse el cardenal al palacio del Luxemburgo, encontró las puertas cerradas. Sin arredrarse, accedió a través de una puerta secreta y maniobró para retomar el poder y desembarazarse de sus adversarios. Luis XIII vacila. María de Médicis insiste y exige a su hijo que despida a Richelieu, pidiéndole que elija “entre un valet y su madre”. Luis eligió al cardenal.

Esa tarde el rey lo convoca en Versalles. Ambos mantienen una conversación de dos horas, al final de la cual Luis tomó la decisión. María de Médicis perdió el pulso que trató de sostener y finalmente fue ella quien partió al exilio. La reina recibió orden de abandonar París y trasladarse a Compiègne. El conde de Serrant pronunció entonces la frase que daría nombre a esa jornada: “¡Es el día de los engañados!”
Antonio de Borbón, conde de Moret

Madre e hijo no volverían a verse. Desde su destierro, ella seguiría conspirando contra sus enemigos, pero nunca lograría derrotar a Richelieu, que retuvo su poder hasta su muerte en 1642. La oposición fue aplastada con sumo rigor; rodaron las cabezas mientras el cardenal era nombrado duque y par del reino.

Tras múltiples peripecias, María de Médicis se instaló en Bélgica, donde la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, la recibió con los brazos abiertos. Bruselas se había convertido en el centro de la rebelión contra Luis XIII y Richelieu.

El conde de Moret también se exilió en Bruselas con su madre y el marqués de Vardes. Formó parte del séquito de María de Médicis durante la visita que la reina hizo al pintor van Dyck en su taller de Amberes. Como prueba queda un grabado que se conserva en la abadía de Saint-Étienne de Caen, realizado a partir de un retrato del conde obra de van Dyck.